Madrigueras activas: como leerlas antes de cebar
Diagnóstico de campo en depósitos y plantas de almacenamiento
Publicado el 14 de marzo de 2025 · Lectura de 6 minutos
En un depósito con movimiento constante de mercadería, encontrar orificios no alcanza. La pregunta que define el trabajo es otra: ¿siguen en uso o quedaron abandonados después de la última limpieza? Cebar sin resolver esa duda es la forma más rápida de trasladar el problema de un sector a otro y de perder la referencia de dónde estaba el foco real.
Antes de instalar cualquier estación conviene leer el terreno. Las marcas de roedores sobre el polvo fino, los restos de pelo en los bordes, las huellas que se cruzan y el estado del borde de cada boca de cueva dan información concreta. Una cueva activa suele tener el borde limpio y compactado por el paso, con tierra removida reciente y olor fuerte en la entrada. Una abandonada acumula telarañas, hojas y polvo sin interrupción.
El registro de cada hallazgo en el plano de puntos críticos es lo que permite comparar entre visitas trimestrales. Sin ese plano, cada inspección empieza de cero y las decisiones se toman por intuición. Con el plano, se ve si el foco se desplazó, si reapareció en el mismo rincón o si el sellado de accesos funcionó como se esperaba.
Hay un detalle que suele pasarse por alto: la humedad cercana a las cuevas. Un sector con pérdidas de agua o residuos mal contenidos mantiene la madriguera activa aunque se retire la mercadería del lugar. Por eso el diagnóstico previo cruza siempre tres datos: actividad, acceso y fuente de alimento o agua.
Si el edificio tiene planta de almacenamiento o cámaras, conviene revisar también los perímetros internos y las juntas de piso. Ahí es donde aparecen las cuevas que no se ven desde el pasillo principal y donde el cebado a ciegas hace más daño que ayuda.